sábado, abril 26, 2008

Las mentiritas de Bush y Blair


Por Robert Fisk *


Sí, otra “misión cumplida”. El hombre inmortalizado por los estadounidenses como el terrorista más peligroso desde el último terrorista más peligroso, fue matado por los estadounidenses. Un chico jordano de acá a la vuelta, que ni siquiera podía cargar una ametralladora, fue aniquilado por la Fuerza Aérea de Estados Unidos, y a los señores Bush y Blair les parece adecuado hacer alarde de la muerte de Abu Musab al Zarqawi, un matón jordano leal a Al Qaida. Hasta esto han defendido nuestros líderes. Y qué corta es nuestra memoria.

Porque es tan corta nuestra capacidad de prestar atención –y por supuesto, los señores Bush y Blair confían en esto– que ya hemos olvidado que el único interés en Al Zarqawi de nuestros líderes, antes de la ilegal invasión anglo-estadounidense a Irak en 2003, era propagar la mentira de que Osama bin Laden estaba confabulado con Saddam Hussein.

Porque Al Zarqawi conoció a Bin Laden en 2002 y luego se fue a vivir a un escuálido valle en el norte de Irak –dentro de Kurdistán pero bien lejos del control tanto de los kurdos como de Saddam–, los señores Bush y Blair inventaron la fábula que esto “probaba” el vínculo esencial entre la Bestia de Bagdad y los crímenes internacionales de lesa humanidad del 11 de septiembre de 2001. La fecha en la que se proclamó esta alianza ficticia –ya que es mucho más importante, política e históricamente, que la fecha de la muerte de Al Zarqawi– fue el 5 de febrero de 2003. El lugar de la mentira era el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas y el hombre que la pronunció fue el secretario de Estado, Colin Powell. Qué respiro de alivio deben haber dado en Washington cuando se enteraron de que Al Zarqawi estaba muerto y no capturado. Podría haber dicho la verdad.

Ayer, en la inevitable carga de una falsa promesa proferida, de que el baño de sangre en Irak está dando dividendos, nosotros debíamos creer que la muerte de Al Zarqawi era una victoria famosa. La prensa estadounidense sacó a relucir su frase favorita: “cerebro terrorista”. Nadie, supongo, podrá reclamar los 25 millones de dólares de recompensa por su cabeza, salvo que haya sido traicionado por sus propios guardaespaldas encapuchados. Pero el ejército estadounidense, manchado por la sangre de Haditha, recibió una palmada en la espalda del comandante en jefe. Habían conseguido a su hombre, el instigador de la guerra civil, la llama del odio sectario, el decapitador que supuestamente asesinó a Nicholas Berg.

Quizá fuera todas estas cosas. O quizá no. Pero no acercará el fin de la guerra, no por la inevitable retórica islamista sobre los “miles de Al Zarqawi” que tomarán su lugar, sino porque los individuos no controlan más –si alguna vez lo hicieron– el infierno de Irak. La muerte de Bin Laden no dañaría a Al Qaida porque el daño ya está hecho, como un científico nuclear construye una bomba atómica. La muerte de Al Zarqawi no va a cambiar en nada la carnicería de la Mesopotamia. Solamente los asesinos de Al Qaida lo escuchaban, no los ex oficiales del ejército iraquí que son los verdaderos protagonistas de la insurgencia iraquí.

Los señores Bush y Blair tuvieron la astucia de admitir eso ayer cuando advirtieron que la insurgencia continuaría. Pero esto plantea otra pregunta. ¿La eventual partida de Bush y Blair brindará una oportunidad para terminar este desastre infernal? ¿O los resultados de su locura cobraron vida propia, imparable con cualquier cambio político en Washington o Londres? Ya nos hemos olvidado la forma en que el mismo ejército estadounidense que se acredita la muerte de Al Zarqawi probó apenas unas pocas semanas atrás que era torpe e incompetente. La Bestia de Ramadi –o Faluja o Baba o donde sea– había producido un video en el que disparaba una ametralladora mientras prometía la victoria de Alá. Días más tarde, los estadounidenses encontraron la versión sin editar, en la que se veía a Al Zarqawi pidiendo ayuda a sus camaradas, después de que una bala se había atascado en la recámara. En la cárcel en Jordania, allá en los días en que era más un mafioso que un guerrero de Dios, Al Zarqawi envolvía su cama con frazadas, como cortinas que lo ocultaban de sus compañeros de celda. De esa cueva emergía para golpear a los demás reclusos. Posesivo con su mujer, la dejó con tan poco dinero que ella tuvo que salir a trabajar en su nativa Zarqa. Cuando su madre murió, Al Zarqawi no envió condolencias. Como Bin Laden –el hombre al que estimaba y del que estaba muy celoso– sufrió esa transformación esencial de todos los hombres violentos: de lo personal a lo inmaterial, de la inseguridad de la vida a la seguridad de la muerte. El video de Al Zarqawi fue un acto de extrema vanidad que puede haber conducido a su muerte y pudo haberlo hecho, inconscientemente, para que fuera su último mensaje.

Que los servicios de inteligencia del rey Abdulá de Jordania –descendiente del monarca al que Winston Churchill puso en el trono Hashemita– pudieran localizar la “casa segura” de Al Zarqawi en Baba es una ironía de la historia. El hombre que creía en los califatos había atacado al reino –matando a 60 inocentes en tres hoteles– y el viejo mundo colonial había devuelto el ataque. El enojo del rey abrazará a un duque o dos. O a un ex prófugo. Es probable que, en el fondo, Al Zarqawi no fuera más que eso.


* De The Independent de Gran Bretaña. Especial para Página/12.
Traducción: Celita Doyhambéhère.

Avergonzado de su propia escuela


Por Santiago O´Donnell
Escribo estas líneas con bronca, dolor y vergüenza. Tuve la suerte de pertenecer a la redacción del Washington Post, el más progresista de los grandes diarios norteamericanos. Allí trabajé con las plumas que destaparon el Watergate, allí me formé como periodista. Ese mismo diario, tantas veces ejemplo del periodismo más profesional, ayer publicó una incalificable apología del terrorismo de Estado en la Argentina. Incluye referencias a desaparecidos que estarían en Europa y reflota la teoría de los “excesos” supuestamente cometidos en medio de una “guerra sucia”. Dice que “el Gobierno y sus tribunales” están poblados de ex guerrilleros y que ésta sería la causa por la que se reabrieron los juicios de derechos humanos, que no buscan justicia sino venganza. Sugiere que el juez de la causa Etchecolatz es casi un terrorista encubierto y que el pensamiento retrógrado del coronel retirado Nani representa a buena parte de los argentinos. Recomienda “no avivar las brasas” del pasado.

Por Eduardo Galeano

El héroe

¿Cómo hubiera sido la guerra de Troya contada desde el punto de vista de un soldado anónimo? ¿Un griego de a pie, ignorado por los dioses y deseado no más que por los buitres que sobrevuelan las batallas? ¿Un campesino metido a guerrero, cantado por nadie, por nadie esculpido? ¿Un hombre cualquiera, obligado a matar y sin el menor interés de morir por los ojos de Helena?

¿Habría presentido ese soldado lo que Eurípides confirmó después? ¿Que Helena nunca estuvo en Troya, que sólo su sombra estuvo allí? ¿Que diez años de matanzas ocurrieron por una túnica vacía?

Y si ese soldado sobrevivió, ¿qué recordó?

Quién sabe.

Quizás el olor. El olor del dolor, y simplemente eso.

Tres mil años después de la caída de Troya, los corresponsales de guerra Robert Fisk y Fran Sevilla nos cuentan que las guerras huelen. Ellos han estado en varias, las han sufrido por dentro, y conocen ese olor de podredumbre, caliente, dulce, pegajoso, que se te mete por todos los poros y se te instala en el cuerpo. Es una náusea que jamás te abandonará.


Americanos

Cuenta la historia oficial que Vasco Núñez de Balboa fue el primer hombre que vio, desde una cumbre de Panamá, los dos océanos. Los que allí vivían, ¿eran ciegos?

¿Quiénes pusieron sus primeros nombres al maíz y a la papa y al tomate y al chocolate y a las montañas y a los ríos de América? ¿Hernán Cortés, Francisco Pizarro? Los que allí vivían, ¿eran mudos?

Lo escucharon los peregrinos del Mayflower: Dios decía que América era la Tierra Prometida. Los que allí vivían, ¿eran sordos?

Después, los nietos de aquellos peregrinos del norte se apoderaron del nombre y de todo lo demás. Ahora, americanos son ellos. Los que vivimos en las otras Américas, ¿qué somos?


Fundación de las desapariciones

Miles de muertos sin sepultura deambulan por la pampa argentina. Son los desaparecidos de la última dictadura militar.

La dictadura del general Videla aplicó en escala jamás vista la desaparición como arma de guerra. La aplicó, pero no la inventó. Un siglo antes, el general Roca había utilizado contra los indios esta obra maestra de la crueldad, que obliga a cada muerto a morir varias veces y que condena a sus queridos a volverse locos persiguiendo su sombra fugitiva.

En la Argentina, como en toda América, los indios fueron los primeros desaparecidos. Desaparecieron antes de aparecer. El general Roca llamó conquista del desierto a su invasión de las tierras indígenas. La Patagonia era un espacio vacío, un reino de la nada, habitado por nadie.

Y los indios siguieron desapareciendo después. Los que se sometieron y renunciaron a la tierra y a todo fueron llamados indios reducidos: reducidos hasta desaparecer. Y los que no se sometieron y fueron vencidos a balazos y sablazos, desaparecieron convertidos en números, muertos sin nombre, en los partes militares. Y sus hijos desaparecieron también: repartidos como botín de guerra, llamados con otros nombres, vaciados de memoria, esclavitos de los asesinos de sus padres.


Padre ausente

Robert Carter fue enterrado en el jardín.

En su testamento, había pedido descansar bajo un árbol de sombra, durmiendo en paz y en oscuridad. Ninguna piedra, ninguna inscripción.

Este patricio de Virginia fue uno de los más ricos, quizás el más, entre todos aquellos prósperos propietarios que se independizaron de Inglaterra.

Aunque algunos padres fundadores de los Estados Unidos tenían mala opinión de la esclavitud, ninguno liberó a sus esclavos. Carter fue el único que desencadenó a sus cuatrocientos cincuenta negros para dejarlos vivir y trabajar según su propia voluntad y placer. Los liberó gradualmente, cuidando de que ninguno fuera arrojado al desamparo, setenta años antes de que Abraham Lincoln decretara la abolición.

Esta locura lo condenó a la soledad y al olvido.

Lo dejaron solo sus vecinos, sus amigos y sus parientes, todos convencidos de que los negros libres amenazaban la seguridad personal y nacional.

Después, la amnesia colectiva fue la recompensa de sus actos.


La Justicia ve

La historia oficial de Brasil sigue llamando inconfidencias, deslealtades, a los primeros alzamientos por la independencia nacional.

Antes de que el príncipe portugués se convirtiera en emperador brasileño, hubo varias tentativas patrióticas. Las más importantes fueron las de Minas Gerais y Bahía.

El único protagonista de la Inconfidencia mineira que fue ahorcado y descuartizado, Tiradentes, el sacamuelas, era un militar de baja graduación. Los demás conspiradores, señores de la alta sociedad minera hartos de pagar impuestos coloniales, fueron indultados.

Al fin de la Inconfidencia bahiana, el poder colonial indultó a todos, con cuatro excepciones: Manoel Lira, João do Nascimento, Luis Gonzaga y Lucas Dantas fueron ahorcados y descuartizados. Los cuatro eran negros, hijos o nietos de esclavos.

Hay quienes creen que la Justicia es ciega.


Olympia

Son femeninos los símbolos de la Revolución Francesa, mujeres de mármol o bronce, poderosas tetas desnudas, gorros frigios, banderas al viento.

Pero la revolución proclamó la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, y cuando la militante revolucionaria Olympia de Gouges propuso la Declaración de los Derechos de la Mujer y de la Ciudadana, la guillotina le cortó la cabeza.

Al pie del cadalso, Olympia preguntó:

–Si las mujeres estamos capacitadas para subir a la guillotina, ¿por qué no podemos subir a las tribunas públicas?

No podían. No podían hablar, no podían votar.

Las compañeras de lucha de Olympia de Gouges fueron encerradas en el manicomio. Y poco después de su ejecución, fue el turno de Manon Roland. Manon era la esposa del ministro del Interior, pero ni eso la salvó. La condenaron por su antinatural tendencia a la actividad política. Ella había traicionado su naturaleza femenina, hecha para cuidar el hogar y parir hijos valientes, y había cometido la mortal insolencia de meter la nariz en los masculinos asuntos de Estado.

Y la guillotina volvió a caer.


Los invisibles

En 1869, el canal de Suez hizo posible la navegación entre dos mares.

Sabemos que Ferdinand de Lesseps fue autor del proyecto, que el pachá Said y sus herederos vendieron el canal a los franceses y a los ingleses a cambio de poco o nada, que Giuseppe Verdi compuso la ópera Aída para que fuera cantada en la inauguración y que noventa años después, al cabo de una larga y dolida pelea, el presidente Gamal Abdel Nasser logró que el canal fuera egipcio.

¿Quién recuerda a los ciento veinte mil presidiarios y campesinos, condenados a trabajos forzados, que construyendo el canal cayeron asesinados por el hambre, la fatiga y el cólera?

En 1914, el canal de Panamá abrió un tajo entre dos océanos.

Sabemos que Ferdinand de Lesseps fue autor del proyecto,

que la empresa constructora quebró, en uno de los más sonados escándalos de la historia de Francia,

que el presidente de los Estados Unidos, Teddy Roosevelt, se apoderó del canal y de Panamá y de todo lo que encontró en el camino,

y que sesenta años después, al cabo de una larga y dolida pelea, el presidente Omar Torrijos logró que el canal fuera panameño.

¿Quién recuerda a los obreros antillanos, hindúes y chinos que cayeron construyéndolo? Por cada kilómetro murieron setecientos, asesinados por el hambre, la fatiga, la fiebre amarilla y la malaria.


Las invisibles

Mandaba la tradición que los ombligos de las recién nacidas fueran enterrados bajo la ceniza de la cocina, para que temprano aprendieran cuál es el lugar de la mujer, y que de allí no se sale.

Cuando estalló la revolución mexicana, muchas salieron, pero llevando la cocina a cuestas. Por las buenas o por las malas, por secuestro o por ganas, siguieron a los hombres de batalla en batalla. Llevaban el bebé prendido a la teta y a la espalda las ollas y las cazuelas. Y las municiones: ellas se ocupaban de que no faltaran tortillas en las bocas ni balas en los fusiles. Y cuando el hombre caía, empuñaban el arma.

En los trenes, los hombres y los caballos ocupaban los vagones. Ellas viajaban en los techos, rogando a Dios que no lloviera.

Sin ellas, soldaderas, cucarachas, adelitas, vivanderas, galletas, juanas, pelonas, guachas, esa revolución no hubiera existido.

A ninguna se le pagó pensión.

El plan de W. Bush según Robert Fisk


Enfrentado a una insurrección cada vez más violenta, Estados Unidos planea una operación consistente en dividir Bagdad, sellando con barricadas barrios enteros en los que sólo se dejara entrar a sus vecinos, debidamente provistos de nuevos documentos de identidad. Según informó ayer en el diario The Independent el periodista británico Robert Fisk, el plan afectaría a 30 de los 89 distritos de la capital iraquí y sería la operación de contrainsurgencia más ambiciosa montada hasta ahora por Estados Unidos en Irak.
El sistema ha sido utilizado –y ha fracasado de modo espectacular– en el pasado, y su aplicación ahora en Irak es, según Fisk, un reflejo tanto de la desesperación estadounidense por la caída de Irak en una guerra civil como de su determinación de ganar la guerra contra una insurrección iraquí que ha costado la vida de más de 3200 soldados estadounidenses. El sistema de “encerrar” áreas enteras bajo ocupación extranjera fracasó durante la guerra de Argelia con los franceses y luego en la guerra de Vietnam. Israel utilizó también tácticas similares durante la ocupación de territorios palestinos, con poco éxito.
Según el reconocido periodista británico, el plan estadounidense no tiene, sin embargo, como único objetivo la pacificación de Irak, sino que parece que los militares estadounidenses quieren colocar hasta cinco brigadas mecanizadas –con un total aproximado de 40.000 hombres– al sur y al este de Bagdad. Tres de esas cinco brigadas estarían posicionadas entre la capital iraquí y la frontera iraní, lo que colocaría a Irán, dice el corresponsal, “ante una poderosa, y potencialmente agresiva, fuerza militar estadounidense cerca de su frontera, en caso de un ataque norteamericano o israelí contra sus instalaciones militares este mismo año”. Ese plan fue elaborado, según The Independent, por el general David Petraeus, actual comandante de las fuerzas norteamericanas en Bagdad, durante un curso de seis meses en la base de Fort Leavenworth, en el estado norteamericano de Kansas.

Turquia se ofrece para mediar entre Siria e Israel

El primer ministro turco, Recip Tayyip Erdogan, se ha reunido hoy con el presidente sirio, Bashar al Assad, para discutir los esfuerzos de Ankara de ayudar a relanzar las conversaciones de paz entre Damasco e Israel. Turquía, un país de mayoría musulmana con relaciones cercanas con Israel, ha estado transmitiendo mensajes entre Siria e Israel durante meses, según fuentes diplomáticas.

jueves, abril 24, 2008

Israel se fue de Gaza para bloquearla

Naciones Unidas suspendió ayer la distribución de ayuda humanitaria a los palestinos de Gaza debido a la falta de combustible para su reparto. Debido al bloqueo israelí, los vehículos de la agencia de la ONU de asistencia a los palestinos (UNRWA) no tienen carburante para poder repartir alimentos y otros productos y para recoger la basura. Es la primera vez que la ONU se ve obligada a detener sus programas de ayuda humanitaria en Gaza desde que Israel se retiró de la franja en agosto de 2005.